Matemáticas y esperanza: cuando los números también laten
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Cada 14 de marzo el mundo celebra el Día Internacional de las Matemáticas, una fecha impulsada por la UNESCO que nos recuerda algo esencial: las matemáticas no están solo en los libros ni en las pizarras, sino en todo lo que nos rodea. En el ritmo del corazón, en los algoritmos que sostienen el mundo digital, en las decisiones que tomamos casi sin darnos cuenta… y también en nuestra capacidad de imaginar un futuro mejor.
Este año, el lema “Matemáticas y esperanza” subraya que detrás de cada cálculo hay algo más que precisión. Hay confianza en que la lógica y el conocimiento pueden ayudarnos a comprender y mejorar lo que somos. Desde los antiguos círculos y fórmulas que orbitan alrededor del número π —símbolo eterno de perfección e infinitud— hasta la manera en que nuestro cerebro procesa los recuerdos, todo parece responder a un mismo impulso: buscar equilibrio en medio del caos.
Recordar no es reproducir un hecho, sino reconstruirlo a partir de fragmentos. Claude Shannon mostró, desde la teoría de la información, que un sistema guarda solo lo imprescindible para poder reconstruir un mensaje cuando lo necesita. Nuestro cerebro actúa de forma similar: conserva patrones, impresiones, emociones, y con ellos recompone cada recuerdo. La memoria se convierte así en una ecuación viva: nunca exacta, pero siempre significativa. En esa capacidad de reorganizar e interpretar de nuevo se esconde también una forma de esperanza: incluso cuando olvidamos, podemos volver a construir sentido.
Algo parecido ocurre con los hábitos. Aunque parezcan puramente comportamientos humanos, su formación obedece a ciertas regularidades que podemos describir matemáticamente. Con el tiempo, la conducta se automatiza, y de ahí surge una lección que va más allá del número: la constancia transforma la posibilidad en certeza. Repetir no es solo rutina; es evolución.
Las matemáticas se esconden también en nuestros hábitos de consumo. Cuando una empresa decide vender diez salchichas y ocho panes, está aplicando una sencilla lógica de optimización económica. Esa pequeña asimetría nos invita, casi sin que lo notemos, a consumir más. La conciencia, igual que una ecuación bien planteada, también puede modelarse. Saber calcular el porqué de las cosas nos devuelve poder… y esperanza. Incluso nuestros pensamientos laten con un ritmo matemático. Las ondas cerebrales —alfa, beta, theta, delta— pueden describirse mediante funciones periódicas. Cada frecuencia refleja un estado mental distinto: atención, calma, sueño, concentración. Y del mismo modo que en física el tiempo depende del observador, nuestra mente también maneja su propio reloj interno. Algunas emociones lo aceleran; otras lo ralentizan.
En Canarias, estos principios se aplican de forma muy concreta. Desde el observatorio de la ULPGC, donde se estudian mareas, vientos y clima, hasta los proyectos de sostenibilidad que analizan el impacto de la actividad humana en nuestros ecosistemas, las matemáticas permiten tomar decisiones basadas en datos, anticipar problemas y mejorar la vida en las islas. La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria no solo enseña fórmulas: impulsa un pensamiento crítico capaz de conectar la ciencia con la sociedad.
Al final, todo se entrelaza. La memoria que reconstruye, el hábito que se repite, la mente que vibra, el tiempo que se estira… y un mundo que busca orden en medio del caos político y social. Este Día Internacional de las Matemáticas, desde la ULPGC celebramos no solo los números, sino todo lo que representan: la búsqueda constante de comprensión, el deseo de mejorar y la esperanza de que cada ecuación —por compleja que sea— tiene solución.
Porque, en definitiva, las matemáticas también son esperanza.
